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Omega-3, cerebro y rendimiento escolar: estudio CICS–INTA identifica las vías cerebrales que conectan el DHA con la cognición en adolescentes

Una investigación liderada por Pablo Billeke, del Centro de Investigación en Complejidad Social (CICS) de la Facultad de Gobierno UDD, en colaboración con el INTA de la Universidad de Chile, encontró que los niveles de DHA, un ácido graso omega-3 que depende en gran medida de la dieta, se asocian con el desempeño en la Prueba de Selección Universitaria y con la capacidad intelectual de jóvenes chilenos, y que esa relación pasa por la sustancia blanca profunda del cerebro. El estudio fue publicado en la revista iScience, del grupo Cell Press

¿Puede lo que comemos dejar huella en la arquitectura del cerebro y, a través de ella, en cómo aprendemos? Un equipo de investigadores de la Universidad del Desarrollo y del Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) de la Universidad de Chile aportó nueva evidencia en esa dirección. El estudio «Deep white-matter tracts link docosahexaenoic acid status to cognitive performance in human adolescents», publicado el 16 de octubre en la revista científica iScience, mostró que los adolescentes con mayores niveles de ácido docosahexaenoico (DHA) en sus glóbulos rojos presentan un mejor rendimiento escolar y mayores capacidades cognitivas, e identificó las estructuras cerebrales que acompañan esa relación.

«Este trabajo representa varios años de colaboración con el INTA de la Universidad de Chile, durante los cuales hemos estudiado la relación entre nutrición, cerebro y cognición», explicó Pablo Billeke, investigador del CICS UDD e investigador principal del estudio.

Un nutriente que el cuerpo casi no fabrica

El DHA es uno de los principales ácidos grasos omega-3 del organismo y un componente esencial de las membranas de las neuronas y de la mielina, la capa que recubre las fibras nerviosas y permite que las señales viajen con rapidez entre distintas regiones del cerebro. Como el cuerpo humano lo sintetiza en cantidades muy limitadas, sus niveles dependen principalmente de la alimentación, en especial del consumo de pescados y mariscos. La adolescencia es, además, un período especialmente sensible: en esos años el cerebro madura sus conexiones de larga distancia, avanza en la mielinización de la corteza y reorganiza estructuras profundas vinculadas al aprendizaje, la memoria y las funciones ejecutivas.

Para estudiar esta relación, el equipo trabajó con 99 jóvenes de entre 17 y 20 años, provenientes de una cohorte representativa de 671 estudiantes que egresaron de enseñanza media en 2013 y que rindieron la PSU. Los participantes fueron seleccionados en los dos extremos de desempeño —puntajes altos y bajos tanto en Lenguaje como en Matemática— y se les midió la capacidad intelectual mediante el Test de Matrices Progresivas de Raven. Además, se analizó el nivel de DHA en sus eritrocitos, un biomarcador que refleja la ingesta sostenida en el tiempo y que resulta más confiable que los cuestionarios de dieta, y se les realizaron resonancias magnéticas multimodales en Clínica Alemana de Santiago. «Encontramos que los niveles de DHA, un ácido graso omega-3 fuertemente influido por la dieta, medidos en eritrocitos, se relacionan con el rendimiento escolar y las capacidades cognitivas de adolescentes que rindieron la Prueba de Selección Universitaria», señaló Billeke.

La sustancia blanca profunda, el principal puente

El aporte central del estudio está en el cerebro. A partir de cuatro tipos de mediciones —la integridad de 36 haces de sustancia blanca profunda, el volumen de estructuras subcorticales, el volumen de la corteza y el contenido de mielina cortical—, los investigadores aplicaron modelos estadísticos bayesianos multivariados para identificar qué rasgos cerebrales se asociaban a la vez con el DHA, el rendimiento escolar y la capacidad intelectual, controlando por sexo y nivel socioeconómico.

El resultado más consistente apareció en la sustancia blanca profunda, en particular en el fórnix —la principal vía de salida del hipocampo, clave para la memoria y la consolidación del conocimiento— y en el fascículo tálamo-temporal, que participa en la comunicación entre regiones de la corteza y en la integración de información. Ese componente cerebral fue el principal vínculo compartido entre el DHA y el desempeño cognitivo. A él se sumaron estructuras subcorticales como el tálamo, el pálido, el tronco encefálico y el cerebelo, además de la morfología y la mielina de la corteza; esta última se asoció con mayor fuerza al rendimiento escolar que a la capacidad intelectual. «Mediante análisis multimodales de neuroimagen encontramos, además, que la integridad de la sustancia blanca profunda, la mielina cortical y la estructura cortical presentan patrones asociados tanto al DHA como al desempeño cognitivo, lo que sugiere posibles vías neuroanatómicas que conectan el estado nutricional con la cognición», afirmó el investigador.
Los hallazgos se mantuvieron al controlar por otros ácidos grasos, como el EPA y el ácido araquidónico, que no mostraron la misma relación con la estructura cerebral ni con la cognición, lo que apunta a un rol específico del DHA.

Del laboratorio a la política pública

Los autores advierten que se trata de un estudio transversal, por lo que no permite establecer una secuencia causal entre el DHA, los cambios cerebrales y el rendimiento cognitivo, y que factores no medidos —como otros patrones de alimentación, el sueño o la actividad física— podrían influir en los resultados. Por ello, plantean que el siguiente paso son estudios longitudinales y de intervención, por ejemplo con suplementación controlada de DHA y resonancias repetidas en el tiempo.
Aun así, el trabajo sitúa el estado nutricional de DHA como un factor biológicamente plausible y potencialmente modificable en el desarrollo cerebral adolescente. Desde una perspectiva de salud pública, los investigadores proponen combinar la vigilancia nutricional basada en biomarcadores con métricas cerebrales en programas escolares, como insumo para políticas que apoyen el desarrollo cognitivo en esta etapa de la vida.

La investigación contó con financiamiento del Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico (Fondecyt) y fue aprobada por el Comité de Ética del INTA de la Universidad de Chile. Accede al artículo completo aquí.