En el encuentro, el académico Guido Larson y el director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae, Alberto Rojas, revisaron los antecedentes de los ataques de Al Qaeda, la guerra contra el terrorismo y sus efectos sobre el escenario internacional actual, desde el surgimiento del Estado Islámico hasta el ascenso de Rusia y China.
Un cuarto de siglo después de los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, la Facultad de Gobierno UDD realizó el webinar «El 9/11 a un cuarto de siglo: Transformaciones de la política exterior y la seguridad global», un espacio para analizar las causas de los ataques del 11 de septiembre de 2001 y su impacto duradero en la política exterior estadounidense y en el orden de seguridad internacional.
El conversatorio fue conducido por el cientista político Guido Larson, quien dialogó con Alberto Rojas, director del Observatorio de Asuntos Internacionales de la Universidad Finis Terrae y docente de Periodismo en esa casa de estudios. Larson abrió la conversación planteando que se trata de un hecho que sigue teniendo implicancias hasta hoy y preguntó cuánto de lo ocurrido ese día fue realmente sorpresivo.
Para Rojas, la amenaza venía configurándose desde hacía años. «Si uno piensa en el mundo del 10 de septiembre de 2001, estamos hablando de un mundo completamente distinto, en donde había varias pistas de que algo podía pasar, pero esa información estaba contenida a nivel de los servicios de inteligencia», explicó. El académico repasó los orígenes de Osama bin Laden en la guerra contra la invasión soviética de Afganistán, en 1979, y el quiebre que significó para él el despliegue de tropas estadounidenses en Arabia Saudita durante la Guerra del Golfo, interpretado como una traición de la corona saudita. A ello sumó la seguidilla de ataques de Al Qaeda durante los años noventa, como los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en Kenia y Tanzania en 1998 y contra el destructor USS Cole en 2000. «Hay una serie de pistas que, si uno las ve en retrospectiva, eran un indicador claro de que algo iba a pasar», afirmó.
Ambos expositores coincidieron en que el factor religioso es indispensable para comprender los atentados. Según Rojas, se trata de una dimensión que «desde Occidente, un Occidente cada vez más laico, muchas veces se desdeña». El académico también se refirió a la preparación de los atacantes, en su mayoría ciudadanos sauditas con formación universitaria que ingresaron a Estados Unidos con pasaportes y visas legítimos. «Ellos no fueron al aeropuerto a ver si los dejaban pasar. Tenían absoluta claridad de que los iban a dejar pasar, de que no iban a detectar los cuchillos cartoneros y de que iban a poder tomar el control de los aviones de manera rápida y fácil», sostuvo.
La conversación avanzó luego hacia las consecuencias políticas de los ataques. Rojas describió el primer año del gobierno de George W. Bush como una gestión sin rumbo claro, marcada por una elección controvertida y un gabinete integrado por figuras formadas en la Guerra Fría. «Parece ser un gobierno que no tiene un norte hasta el 11-S. En ese momento, el gobierno de Bush logra tener un sentido, una causa», señaló.
Sobre la invasión de Afganistán, Larson planteó que se trató de una decisión «políticamente imposible de evadir», impulsada por una demanda de justicia retributiva, aunque con un objetivo político difuso. Rojas coincidió y apuntó a un error de diagnóstico de Washington: «De algún modo se pensó que esto era como reconstruir Alemania después de la Segunda Guerra Mundial o Japón después de Hiroshima y Nagasaki, y ahí hay un problema profundo, un desconocimiento que les pasa la cuenta».
El segundo frente, en Irak, fue calificado por ambos como un punto de inflexión. Larson sostuvo que con esa decisión Estados Unidos perdió la legitimidad internacional que había tenido en Afganistán, mientras que Rojas recordó que bin Laden buscaba precisamente arrastrar a la potencia a un conflicto de desgaste. «Finalmente no fue Afganistán, sino Irak, ese nuevo Vietnam, ese pantano en el cual Estados Unidos queda atrapado», afirmó. El académico explicó que la caída de Saddam Hussein y el desmantelamiento del aparato estatal y militar iraquí abrieron espacio a la violencia sectaria y a la mutación de Al Qaeda, que «pasó de ser una organización particularmente jerarquizada y centralizada a una especie de franquicia terrorista», y de cuyas cenizas surgiría más tarde el Estado Islámico.
Consultado por Larson sobre la vigencia de la amenaza yihadista, Rojas advirtió que, pese a la muerte de sus líderes históricos y a la pérdida del territorio del autodenominado califato, el riesgo persiste, especialmente en la región africana del Sahel. «Son como brasas que quedan debajo de las cenizas. Es totalmente factible pensar que en algún momento se podrían reactivar», señaló, y agregó que una nueva amenaza podría venir de un grupo distinto, con liderazgos y narrativas más cercanos a las nuevas generaciones. «Si algo nos dejó el 11-S es la idea de que ya no hay nada imposible», sostuvo.
Para cerrar, Rojas vinculó la guerra contra el terrorismo con el escenario geopolítico actual. A su juicio, los veinte años en que Estados Unidos estuvo enfocado en Medio Oriente fueron aprovechados por otras potencias: «Ese período fue particularmente aprovechado por Rusia y por China para crecer en influencia, en poder, en tecnología». En esa línea, mencionó la anexión de Crimea, la invasión a gran escala de Ucrania y la escalada regional en Medio Oriente tras el 7 de octubre de 2023. «Se pueden atar muchos cabos entre este 2026 y septiembre de 2001», concluyó.
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