Hay una historia sobre el ex ministro de relaciones exteriores chino, Zhou Enlai, en el contexto de la visita que el presidente estadounidense Richard Nixon realiza en 1972 a ese país. Se dice que unos periodistas le habrían preguntado a Enlai por el impacto que habría tenido la Revolución Francesa en la historia política mundial. Y que este habría respondido que era «muy pronto para saberlo». En rigor, la pregunta no era sobre la revolución francesa (era sobre las protestas del 68 en París), pero la sugerencia se mantiene: hay algunos eventos mundiales que son de tal envergadura que sus efectos siguen sintiéndose mucho después de haber ocurrido, y que, hasta cierto punto, quedan residuos de opacidad en lo que razonablemente podemos decir sobre sus consecuencias.
Me parece que hay amplio consenso en entender los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono como uno de esos eventos de absoluta fisura de la trayectoria histórica. Y esto porque, a veinticinco años del episodio, sería bastante difícil explicar la cadena de acontecimientos mundiales posteriores sin integrar ese hito como evento detonante. Sin embargo, hay también toda una serie de enigmas que el atentado arraiga en la consciencia de las personas, aunque con el tiempo se han ido resolviendo algunas. Sabemos con detalle la secuencia de los acontecimientos para ese día, por ejemplo. Y tenemos toda una serie de explicaciones desde el ámbito de la sociología y la psicología, que permiten entender las razones de por qué un grupo de sujetos dispondría de su propia vida por una causa que ellos entienden como divina.
No obstante, si bien el foco predominante en las publicaciones especializadas a partir del 11 de septiembre de 2001 tendió a concentrarse en grupos, organizaciones y tácticas terroristas, una parte relativamente subdesarrollada de aproximación analítica y académica se encontraba en los efectos que el terrorismo tiene para la sociedad en general, en particular, al nivel de cómo la violencia terrorista incide en nuestras percepciones y afectos. La pregunta parece sencilla: ¿qué sentimos ante el terrorismo y cómo aquello que sentimos incide en lo que consideramos que es razonable hacer?
Intuitivamente, la respuesta habitual a esa pregunta se reduce a una palabra: miedo. El terrorismo produciría miedo, algo que parece de sentido común y que, de hecho, se encuentra integrado como elemento fundamental de nuestra propia legislación sobre el tema. A partir de ahí, se produciría un enlazamiento que es reconocible al oído: el miedo aumentaría la demanda ciudadana por seguridad; esa demanda legitimaría acciones u operaciones militares; y permitiría restringir derechos que las sociedades democráticas valoran de forma significativa como la libertad. Esta lógica es tan reiterada y ha sido tan naturalizada que ni siquiera pensamos ya en ella. Sin embargo, uno de los asuntos más interesantes de la investigación psicológica y politológica después de los atentados del 2001 es que una sociedad amenazada (por el terrorismo, y hasta cierto punto por otro tipo de fenómenos) no experimenta una única emoción. A decir verdad, constatamos una verdadera panoplia emocional que coexiste frente a la experiencia de un atentado y que van desde la ansiedad, la rabia, la inseguridad, la solidaridad y, por cierto, el miedo. Más importante aún, lo que hemos aprendido a partir del 9/11 es que cada una de estas emociones organiza de modo distinto la incertidumbre, percepción de control, responsabilidad y riesgo que estiman los ciudadanos. Y eso permite concluir que un atentado genera efectos psicológicos, que pueden, de hecho, entrar en tensión.
TERRORISMO Y SU AUDIENCIA
Dos reconocidos politólogos, Andrew Kydd y Barbara Walter, demostraron hace un tiempo que el terrorismo ocupa multitud de estrategias, entre ellas la intimidación, la provocación, el desgaste, la competencia entre organizaciones y otras. Pero todas ellas dependen, en último término, de modificar creencias y expectativas de la población. En este sentido, las víctimas directas del terrorismo no son las únicas receptoras de la atrocidad, sino que el terrorismo basa una parte sustantiva de su estrategia en incidir en la audiencia social. Incluso más. Resulta a todas luces claro que hay una desproporción entre el daño físico que el terrorismo ocasiona y el efecto político extendido que provoca. Por esa misma razón, cabría tener clara una distinción fundamental entre víctima física y audiencia política. En el caso de los atentados a las Torres Gemelas y el Pentágono, murieron casi tres mil personas (2.977 contando los 19 secuestradores de los aviones), pero alcanzaron psicológicamente a centenares de millones que nunca estuvieron en Nueva York, Washington o Pensilvania. Todos nosotros, o al menos todos aquellos que contaban con capacidad de discernimiento para ese día, recuerdan exactamente qué estaban haciendo al momento del atento. Esto manifiesta la capacidad que tiene el fenómeno del terrorismo de convertir un acontecimiento localizado en una experiencia compartida y en contagiar imaginativamente el peligro para quienes veían estupefactos la televisión.
Dado el evidente impacto emocional de los atentados, varias investigaciones posteriores intentaron poner a prueba nuestras suposiciones sobre el efecto psicológico de los mismos. Una contribución importante en este sentido fue la realizada por Jennifer Lerner y Dacher Keltner, quienes demostraron que la valencia de las emociones (si se sienten positivas o negativas) no es lo único relevante para entender cómo evaluamos las políticas para enfrentar el terrorismo. Es cierto que emociones como el miedo y la rabia son típicamente entendidas como emociones negativas. Pero la evaluación que hacemos ante su presencia difiere de forma importante. El miedo suele estar asociado a la incertidumbre y la sensación de que no tenemos control de los acontecimientos. Imaginamos que algo malo puede ocurrir, pero no sabemos exactamente cómo y tendemos a dudar de nuestra capacidad para evitarlo. La rabia, en cambio, tiende a implicar mayor suposición de certeza, la identificación de un responsable y una mayor sensación de control. Una persona con rabia sabe que algo injusto ocurrió, tiene una idea de quién lo causó y cree que es posible actuar contra aquello.
Esto quiere decir que, dependiendo de cuál sensación dirija la atención hacia el terrorismo, quien siente miedo dirigirá la atención hacia la posibilidad del daño, evaluará vulnerabilidades y estimará, con un diferencial estadísticamente significativo, de forma severa los riesgos futuros. Quien siente rabia, en cambio, concentrará su atención en el culpable (real o imaginario), se mostrará más optimista respecto de su propia exposición al peligro y recuperará una sensación de agencia al exigir acción decisiva contra la amenaza. Esto presenta una especie de paradoja: una persona enojada juzga que el mundo es menos riesgoso que una persona temerosa.
Esta idea se demostró experimentalmente a los pocos días del atentado del 9/11 por Lerner, González, Small y Fischhoff en un artículo científico. Y las conclusiones fueron llamativas. Para quienes el atentado les provocó miedo, estimaban los riesgos futuros como más elevados y favorecían políticas del gobierno más precautorias. Quienes, al revés, experimentaron rabia, realizaban estimaciones más optimistas y eran más tendientes a apoyar acciones como intervenciones militares para castigar a losbles. De hecho, a nivel de percepción de riesgo personal, el miedo induce una mayor percepción de riesgo que la rabia, y esto conecta con el tipo de demanda pública que la sociedad puede hacer a sus autoridades. No deja de ser sugestivo, desde esta perspectiva, recordar la alocución de George W. Bush esa misma noche del día 11. En general, se tiende a enfatizar el último mátum que dio al mundo: EEUU no hará distinciones entre quienes cometieron los ataques y los países que albergan a los terroristas. Pero se suele olvidar la frase que viene antes. Que los atentados provocaron una rabia intolerable y que se buscaba aterrorizar a la nación, aunque en eso los terroristas habían fallado.
Este tipo de orientaciones son importantes como sustento de la justificación política que tiene la respuesta frente al terrorismo. La rabia se asocia a exigencia de acciones coercitivas y punitivas, mientras que el miedo a medidas precautorias y conciliatorias. Esto es bien interesante porque cuestiona la intuición, ampliamente extendida, que una población con miedo estimularía respuestas agresivas. Lo que muestra la evidencia es que el miedo produce cautela, búsqueda de protección o resistencia ante acciones que añaden nuevos riesgos. Es en realidad la rabia la que está detrás de aumentar la voluntad a castigar y agredir. Entre paréntesis, mientras escribo, no deja de resonar el título del libro del sociólogo Arlie Russell Hochschild, «Extraños en su tierra: rabia y luto en la derecha americana» como narrativa que permite entender a los Estados Unidos de Donald Trump (tristemente, la versión en español del libro suprime la referencia a la rabia en el título).
Con posterioridad, muchos otros estudios complementan esta visión sobre los efectos psicológicos del terrorismo. Leonie Huddy y sus colegas, por poner un caso, mostraron en su momento que los ciudadanos más ansiosos eran menos favorables a acciones militares contra terroristas; y Linda Skitka y Christopher Bauman, por poner otro caso, demostraron que la rabia también está correlacionada con reducción en obtención de información, y mayor suposición de aquello en lo que se cree es verdad (el miedo y la ansiedad tenía el efecto contrario).
¿A qué apunta todo esto? Evidentemente, al hecho que veinticinco años después de los atentados cabe recoger con seriedad ciertas lecciones que ese evento hizo visibles. Una de ellas es que las democracias no es que deban desconfiar de las respuestas emocionales de sus ciudadanos, sino que deben desconfiar de las interpretaciones políticas que presentan a una emoción particular como si fuese la reacción natural, inevitable y universal de una comunidad. Los efectos de un atentado son más heterogéneos y matizados de lo que podría suponerse. Esto sugiere un grado de responsabilidad acentuada en los líderes políticos y los medios. Si parte del poder del terrorismo consiste en reconfigurar nuestras percepciones, una respuesta adecuada no puede evaluarse solamente en base a su capacidad militar. Debe preguntarse si reduce el peligro sin amplificar innecesariamente la audiencia psicológica del atacante, e indagar en si las medidas que se toman no terminan transformando la incertidumbre en sospecha permanente. Un atentado evidentemente modifica el riesgo que enfrenta una sociedad, pero también altera la manera en que ese riesgo se percibe. Así, entre el evento terrorista y la decisión que toma los gobiernos se encuentra la mediación y no simplificarla contribuye tanto a establecer políticas más adecuadas para enfrentar una amenaza, como a desconfiar de justificaciones que usan la emoción para respaldar decisiones políticas más ideológicas que eficientes.
Guido Larson
Analista internacional
Gobierno UDD