La paz se construye - Teletrece

Profesor Facultad de Gobierno UDD, magister en Políticas Públicas, analista político y panelista en Estado Nacional de TVN.

En nuestro país ya son muchas las señales de división e intolerancia, desde el lenguaje hasta acciones violentas. Es tiempo de reflexionar.

Vamos camino a una polarización que a nadie le gusta, pero que parece signo de los tiempos . Es cosa de mirar a la democracia estadounidense, sometida a los rigores de una verdadera brecha que impide el diálogo y la construcción de acuerdos. Pareciera que, en esto, el lenguaje de la política y el rol de los medios han jugado a favor de las posiciones más radicales.  El extremar posiciones hasta llegar a la alienación del que piensa distinto es un riesgo presente en muchos los actuales debates de nuestro país.

Si el otro es estigmatizado hasta hacerlo carecer de la dignidad propia de todo ser humano, solo con el fin de desacreditar su posición política, religiosa o moral, significa que poco y nada hemos aprendido de los horrores del siglo XX.

Más allá de cualquier diferencia en nuestro país, las comunidades judías y palestinas habían convivido y desarrollado en paz durante los más duros episodios de su historia .

Los conflictos y guerras no se habían importado a nuestra realidad.

Pero hoy hemos visto cómo las descalificaciones generalizantes, donde no se diferencia entre la persona y su estado o comunidad, se van instalando y generando odio hacia personas solo por pertenecer a una comunidad, raza o nación.

Esto es muy grave, porque atenta contra la convivencia y tolerancia necesarias en cualquier sociedad que aspire a garantizar a todos sus miembros un desarrollo en paz social.  Por eso la gravedad de algunos hechos, que sin duda aislados y minoritarios preocupan de igual forma, como la suspensión de una charla universitaria por parte de un arqueólogo israelí en la Universidad Alberto Hurtado por presiones; o el violento término de un encuentro futbolístico destinado claramente a lo contrario -producir un acercamiento entre ambas comunidades en nuestro país-, y que terminó con gritos y descalificaciones de orden racista hacia el equipo del estadio Maccabi. Algo impropio, sobre todo pensando en que los jugadores -más allá de sus orígenes- son todos chilenos.  Todo tipo de manifestación de odio, cuando se vuelve sistemática y parte de una construcción ideológica, termina atentando contra esta paz y amenaza los derechos más básicos de quienes se dirigen contra estas manifestaciones.

De la violencia verbal a la violencia física hay solo un pequeño paso , y es por esto que ninguna manifestación de odio o violencia deben ser aceptadas.

Impedir que el otro pueda defender su posición o que pueda debatir en el ámbito académico son actos que hemos visto en nuestras universidades y a los que nadie tiene derecho.

Sin debates, sin encuentros, pareciera que solo se busca que sea la propaganda de unos o de otros la que se imponga por encima de la reflexión crítica que corresponde al mundo académico.

No debe ser la pasión mal entendida por una causa -por más justa que ella sea- la que apague la posibilidad de entendimiento .  En la era de la postverdad no podemos permitir que miradas parciales e interesadas de la historia malformen el juicio de la opinión pública.

El apego a la realidad de los hechos y a los datos que permiten su comprobación son por el contrario lo que puede asegurar el correcto análisis de cualquier problema o conflicto.  Israel y Palestina son dos países cercanos y queridos por la mayoría de los chilenos.

Nuestra sociedad se ha enriquecido con los aportes históricos de ambas comunidades, que se han integrado a lo largo de país. Es precisamente ahí donde radica la importancia de mantener y cuidar esta convivencia pacífica y el diálogo, siendo responsabilidad de sus organizaciones y liderazgos que esto ocurra.

Y evitar a toda costa la reproducción en nuestro país de las culturas del odio, siempre presente en grupos extremos, pero que tanto daño y dolor han generado.

La paz es necesaria construirla con gestos y acciones, tal como ha sido en nuestra historia común.

Profesor Facultad de Gobierno UDD, magister en Políticas Públicas, analista político y panelista en Estado Nacional de TVN.

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Inés Matte Urrejola 0848, Santiago, Chile – Fono (562) 2 251 4000 ©Todos los derechos reservados.

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Si el otro es estigmatizado hasta hacerlo carecer de la dignidad propia de todo ser humano, solo con el fin de desacreditar su posición política, religiosa o moral, significa que poco y nada hemos aprendido de los horrores del siglo XX.

Más allá de cualquier diferencia en nuestro país, las comunidades judías y palestinas habían convivido y desarrollado en paz durante los más duros episodios de su historia .

Los conflictos y guerras no se habían importado a nuestra realidad.

Pero hoy hemos visto cómo las descalificaciones generalizantes, donde no se diferencia entre la persona y su estado o comunidad, se van instalando y generando odio hacia personas solo por pertenecer a una comunidad, raza o nación.

Esto es muy grave, porque atenta contra la convivencia y tolerancia necesarias en cualquier sociedad que aspire a garantizar a todos sus miembros un desarrollo en paz social.  Por eso la gravedad de algunos hechos, que sin duda aislados y minoritarios preocupan de igual forma, como la suspensión de una charla universitaria por parte de un arqueólogo israelí en la Universidad Alberto Hurtado por presiones; o el violento término de un encuentro futbolístico destinado claramente a lo contrario -producir un acercamiento entre ambas comunidades en nuestro país-, y que terminó con gritos y descalificaciones de orden racista hacia el equipo del estadio Maccabi. Algo impropio, sobre todo pensando en que los jugadores -más allá de sus orígenes- son todos chilenos.  Todo tipo de manifestación de odio, cuando se vuelve sistemática y parte de una construcción ideológica, termina atentando contra esta paz y amenaza los derechos más básicos de quienes se dirigen contra estas manifestaciones.

De la violencia verbal a la violencia física hay solo un pequeño paso , y es por esto que ninguna manifestación de odio o violencia deben ser aceptadas.

Impedir que el otro pueda defender su posición o que pueda debatir en el ámbito académico son actos que hemos visto en nuestras universidades y a los que nadie tiene derecho.

Sin debates, sin encuentros, pareciera que solo se busca que sea la propaganda de unos o de otros la que se imponga por encima de la reflexión crítica que corresponde al mundo académico.

No debe ser la pasión mal entendida por una causa -por más justa que ella sea- la que apague la posibilidad de entendimiento .  En la era de la postverdad no podemos permitir que miradas parciales e interesadas de la historia malformen el juicio de la opinión pública.

El apego a la realidad de los hechos y a los datos que permiten su comprobación son por el contrario lo que puede asegurar el correcto análisis de cualquier problema o conflicto.  Israel y Palestina son dos países cercanos y queridos por la mayoría de los chilenos.

Nuestra sociedad se ha enriquecido con los aportes históricos de ambas comunidades, que se han integrado a lo largo de país. Es precisamente ahí donde radica la importancia de mantener y cuidar esta convivencia pacífica y el diálogo, siendo responsabilidad de sus organizaciones y liderazgos que esto ocurra.

Y evitar a toda costa la reproducción en nuestro país de las culturas del odio, siempre presente en grupos extremos, pero que tanto daño y dolor han generado.

La paz es necesaria construirla con gestos y acciones, tal como ha sido en nuestra historia común.

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Esto es muy grave, porque atenta contra la convivencia y tolerancia necesarias en cualquier sociedad que aspire a garantizar a todos sus miembros un desarrollo en paz social.  Por eso la gravedad de algunos hechos, que sin duda aislados y minoritarios preocupan de igual forma, como la suspensión de una charla universitaria por parte de un arqueólogo israelí en la Universidad Alberto Hurtado por presiones; o el violento término de un encuentro futbolístico destinado claramente a lo contrario -producir un acercamiento entre ambas comunidades en nuestro país-, y que terminó con gritos y descalificaciones de orden racista hacia el equipo del estadio Maccabi. Algo impropio, sobre todo pensando en que los jugadores -más allá de sus orígenes- son todos chilenos.  Todo tipo de manifestación de odio, cuando se vuelve sistemática y parte de una construcción ideológica, termina atentando contra esta paz y amenaza los derechos más básicos de quienes se dirigen contra estas manifestaciones.

De la violencia verbal a la violencia física hay solo un pequeño paso , y es por esto que ninguna manifestación de odio o violencia deben ser aceptadas.

Impedir que el otro pueda defender su posición o que pueda debatir en el ámbito académico son actos que hemos visto en nuestras universidades y a los que nadie tiene derecho.

Sin debates, sin encuentros, pareciera que solo se busca que sea la propaganda de unos o de otros la que se imponga por encima de la reflexión crítica que corresponde al mundo académico.

No debe ser la pasión mal entendida por una causa -por más justa que ella sea- la que apague la posibilidad de entendimiento .  En la era de la postverdad no podemos permitir que miradas parciales e interesadas de la historia malformen el juicio de la opinión pública.

El apego a la realidad de los hechos y a los datos que permiten su comprobación son por el contrario lo que puede asegurar el correcto análisis de cualquier problema o conflicto.  Israel y Palestina son dos países cercanos y queridos por la mayoría de los chilenos.

Nuestra sociedad se ha enriquecido con los aportes históricos de ambas comunidades, que se han integrado a lo largo de país. Es precisamente ahí donde radica la importancia de mantener y cuidar esta convivencia pacífica y el diálogo, siendo responsabilidad de sus organizaciones y liderazgos que esto ocurra.

Y evitar a toda costa la reproducción en nuestro país de las culturas del odio, siempre presente en grupos extremos, pero que tanto daño y dolor han generado.

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