Soledad Reyes: “Va a costar mucho sacarle esa fama de guerrillero a Manuel Rodríguez” - La Segunda

Fue en medio de un posnatal que a Soledad Reyes del Villar, historiadora e investigadora del Centro de Políticas Públicas de la U. del Desarrollo, se le cruzó la imagen de Manuel Rodríguez Erdoíza. Primero fueron los textos de Vicuña Mackenna, luego de los hermanos Amunátegui, de Barros Arana y hasta de Violeta Parra. “Para unos era un ídolo y para otros un guerrillero, un insolente llevado de sus ideas, y ahí me dije ‘tengo que escribir’”, confiesa.

La curiosidad por esos pliegues que ofrecía esa historia se transformaron —luego de año y medio de trabajo— en el libro «Manuel Rodríguez, aún tenemos patria ciudadanos» (Ediciones El Mercurio, lanzado a mediados de mayo), que intenta explicar el enigma del patriota. Porque la figura de Rodríguez —y en medio de gestiones parlamentarias que buscan instalar su monumento frente a La Moneda y exhumar sus restos del Cementerio General para comprobar su autenticidad—, parece ser un puzle al que todavía le faltan piezas.

“Con el paso de los años, su historia más que aclararse se ha ido enredando mucho más, en especial, por el tema de su muerte que parece una novela de Dan Brown: Lo encontró un juez de Til Til, lo escondió, nadie supo y después los hijos de esa persona encontraron un papel en su velador que decía: ‘Yo enterré a Manuel Rodríguez’”, cuenta la autora.

—¿La utilización de su nombre por parte del Partido Comunista para bautizar al Frente Patriótico contribuyó a este enredo?

—Si, de todas maneras. En el fondo eso aumentó esta fama de guerrillero. Fíjate que hoy gente de mi edad, quienes no tienen idea de quién es Manuel Rodríguez, lo siguen asociando inconscientemente al Frente Patriótico. Va a costar mucho sacarle esa fama de guerrillero, de revolucionario.

—¿Se puede decir que Manuel Rodríguez es una figura que representa un conflicto constante entre el orden y el desorden?

—El inicio de su vida es en un entorno común y corriente, ahí en Agustinas, donde hoy está el Banco Central. Estudió Derecho y sólo después empezó con las reuniones conspirativas siguiendo a Carrera. Fue una mezcla. Por cierto el desorden vino al final cuando San Martín, para salvarlo, le dio el cargo de Auditor de Guerra, pero se aburrió, le dio demasiada lata y se fue —creo— a Pumanque con la polola. La disciplina militar no pudo con él y se fue.

—Tú sostienes en tu libro que Manuel Rodríguez no era el indisciplinado o impetuoso que se supone que fue. ¿Cómo era?

—Fue alguien que actuó de manera súper generosa y desinteresada durante el período de la Reconquista. Donde sí las cosas se le fueron un poco de las manos, aunque ahí también hay varias versiones, fue cuando asumió por 48 horas como gobernador en San Fernando, donde hay registro de confiscaciones y deportaciones que estuvieron de más. Ahí, O’Higgins montó en cólera (…) Antes, cuando empieza a colaborar con San Martín, se le ponen por escrito 16, 17 puntos a cumplir y los hizo a consciencia. Así que la imagen del guerrillero impetuoso es injusta.

El odio de O’Higgins

—Aclaremos: ¿Protagonista o personaje secundario?

—En el actuar de José Miguel Carrera, Rodríguez fue un actor absolutamente protagónico. Cuando Carrera dio un par de golpes militares, Rodríguez siempre estuvo a su lado. Fue su ministro de Hacienda, de Guerra. Fue protagónico hasta el minuto en que O’Higgins asumió el mando. Hay un par de cartas de O’Higgins a San Martín en donde tilda a Rodríguez como “alguien incompatible con el mantenimiento del orden público”. Para O’Higgins fue un enemigo, le ofreció distintas misiones en Estados Unidos y hasta una en Calcuta para sacarlo del país.

—Tú sostienes que O’Higgins despreciaba a Rodríguez, ¿por qué?

—Viene del desprecio que O’Higgins tenía por Carrera. Hay, de nuevo, unas cartas donde O’Higgins dice que Carrera “se presenta a mis ojos tan despreciable”. Carrera con Manuel Rodríguez eran íntimos amigos, crecieron juntos y hay que recordar que para 1818 O’Higgins logra desembarazarse de los hermanos Carrera: a dos los había matado en Mendoza y a José Miguel, que había ido a Estados Unidos para conseguir recursos para terminar con la Independencia, nunca le permitieron el retorno a Chile, lo dejaron retenido en Buenos Aires. Rodríguez, para O’Higgins, era molesto, un símbolo del carrerismo que aún quedaba en Chile.

“Cuando mataron a Manuel Rodríguez, mandaron a sus hermanos al destierro. Uno de ellos coincidió con O’Higgins en el exilio en Perú. De hecho, lo citó a un duelo en la Plaza de Armas de Lima y O’Higgins no quiso ir”.

—Al final, las muertes de Carrera y Rodríguez se explican por la tirria de O’Higgins.

—Ahí hay todo un gran enigma: ¿si O’Higgins supo de los planes para matar a Rodríguez? Se sabe que la orden provino de la Logia Lautaro, muy poderosa, que hacía y deshacía en la forma en que O’Higgins gobernaba. No se sabe muy bien la fuente, pero O’Higgins habría dicho que el crimen de Manuel Rodríguez fue un error de la Logia Lautaro. Muchos años después del asesinato, surgió un testimonio de un capitán español, al que le habrían pedido matar a Rodríguez, donde dice que O’Higgins estuvo presente en la reunión en que se planificó la muerte.

—¿Entonces, la estatua de Rodríguez debiera estar al lado de las de Carrera y O’Higgins frente a La Moneda?

—Creo que sí. Fue increíble lo que hizo: Piensa que lideró un trabajo que fue fundamental para el cruce del Ejército libertador por los Andes: Despistar y dividir a las fuerzas españolas.

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