José de la Cruz Garrido: Memoria y testimonio en el movimiento feminista - El Mostrador

Es difícil argumentar que los efectos que tuvieron siglos de instituciones discriminatorias sobre las mujeres aún no ejerzan su influencia en la cultura. En comparación no ha pasado una centuria desde que lentamente las leyes han reconocido la igualdad moral, política y legal del “segundo sexo”. Por lo mismo, no es raro que exista un rechazo a las movilizaciones, por quienes ven un peligro en que este estado de cosas se vea modificado; las costumbres se arraigan en el consciente colectivo y naturaliza prácticas que se vuelven invisibles, las cuales el movimiento feminista hace un llamado de alerta y abierto rechazo. Por lo mismo, lo anterior nos debe llevar a una reflexión sobre lo que está sucediendo, más allá de las definiciones ideológicas que adopten los miembros del movimiento feminista, definiciones que no son unívocas. Sólo desde ahí es posible una discusión seria sobre los alcances y contrapuntos de dichas definiciones ideológicas, más allá del estéril debate de izquierdas y derechas.

Un punto de partida, y que de alguna manera ha sido relevado en la protesta feminista, tiene lugar con un leit motiv que encontramos en la filosofía clásica, por el primer filósofo que afirmó la igualdad entre hombre y mujer. Me refiero a Platón. El filósofo griego que negaba una visión esencialista del cuerpo, refutó además la idea dominante que afirma que el conocimiento se agota en la observación presente del mundo, en la percepción. Por el contrario, el origen de las cosas está en la memoria, testigo oculto de lo que vemos y percibimos, por lo cual conocer no es otra cosa que recordar. Me sirvo de Platón para poner de relieve el ejercicio que ha hecho el movimiento feminista de apelar a la memoria de la experiencia de ser mujer. El abuso y la violencia desde la mirada de la experiencia pasada comparece ya no de manera fragmentada, invisibilizada, como una experiencia solitaria, sino como testimonio de una experiencia colectiva; que reúne a las mujeres, y que pone en evidencia la existencia de una cultura, una costumbre, que se adopta de manera acrítica, por ejemplo, por sus victimarios: los hombres.

En este punto cabe resaltar que el machismo, como podemos denominar esta cultura de invisibilización, desprecio, abuso y violencia sobre la mujer, por el solo hecho de serlo, no se articula sólo desde y en la autoridad del hombre. Va más allá: viene desde los procesos formativos que involucra a las madres de esos hombres. No es trivial, a modo de ejemplo, que en los sectores donde se ha naturalizado con mayor fuerza la violencia de género, en la pobreza, las madres encubran o, incluso, promuevan el estupro y la violación de menores. Me tocado, no una, sino en varias ocasiones en estudios de campo, ser testigo de casos donde el abuso de niñas se da en complicidad con una madre, que facilita o encubre a un padrastro, tío, hermano o, incluso, padre en la violación de una menor. Con este caso extremo, quiero demarcar los alcances de la cultura machista, donde dicha cultura rebasa la figura victimaria de un hombre, de una masculinidad concreta, despojada de una madre que promueve un cuidado machista. Y he ahí un desafío para la memoria de hombres y mujeres.

Por lo mismo, que este ejercicio de recordar experiencias singulares de abuso, por nimias que parezcan, debe ser escuchado y un aliciente para la reflexión que propone un feminismo político y activista. Este recordatorio puede ser incómodo, incluso para muchas mujeres que ridiculizan y relativizan los testimonios de violencia y abuso que acompaña a eso de “ser mujer”. Y, por lo mismo, que haya que caminar juntos en la idea establecer reglas del juego paritarias, sin con ello condicionar a la mujer a jugar sólo el juego de los hombres, por decirlo de alguna manera. Asimismo, no restringir la libertad sexual o dejar abierta la puerta a la manipulación de la que puede ser objeto toda demanda por derechos, y transformar así la sexualidad en un pecado per se, origen de una jurisdicción arbitraria sobre el cuerpo.

En conformidad, en la discusión queda por balancear la igualdad efectiva de “los sexos” ante la ley, sin paternalismos ni pretensiones autoritarias, pero sin minimizar una cultura que todos los días nos da ejemplos de invisibilización, abuso y violencia de género. Cabe recordar el rol que juega la misma mujer en la sociedad, y el efecto de la pobreza, en la protección de una infancia libre de abuso que perpetúe relaciones asimétricas hombre-mujer. Como señalaba Matilde Brandau, “Observad las naciones que progresan; observad las que decaen. En las primeras, donde la prosperidad se comprueba, las mujeres ocupan una situación jurídica superior; en las otras, que se extinguen lentamente y pierden su influencia y su rango, la mujer ocupa una degradante inferioridad; de suerte que es permitido afirmar que de la condición de las mujeres depende el rango de cada pueblo en la jerarquía de las naciones”. (Los derechos civiles de la Mujer, 1898).

José de la Cruz Garrido

Ver Columna publicada en: http://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/2018/05/27/memoria-y-testimonio-en-el-movimiento-feminista/

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